Otoño en Camarma

 

En otoño la tierra se abre a las aves y a las aguas que vienen del cielo. En el frío final de noviembre, las bandadas de tordos (estorninos) cruzan volando los campos de barbecho donde duerme la liebre y las alondras pasean. Las nubes se aprietan unas a otras porque hace frío y se deshacen dejando empapados los campos por los que pasan. El frío nos mete en casa, pero si salimos al solitario campo podremos ver imágenes distintas, de las nunca vistas.

A principio del otoño las heces de las aves tiene un sospechoso color morado. Después de ver las zarzas llenas de moras no cabe duda de que éstas ocupan un lugar importante en su dieta. Los frutos del rosal silvestre, los atrampaculos, también son comidos por algunas aves en esta época del año.

En la base de los olmos se aprietan las setas que salieron con la llegada de la lluvia. No muy lejos los zapateros se esconden agrupados en el hueco de algún tronco seco, es la clásica forma de protegerse del frío.

El arroyo aún está seco y en su borde ha quedado la camisa que dejó la culebra  antes de irse a invernar.

En el otoño camarmeño la tierra húmeda sujeta las hierbas secas —esqueletos de un verano caluroso—, el buitre negro se posa en un pequeño alto y un puñado de cazadores con galgos baten el campo en busca de la liebre. Mientras tanto, a cierta distancia un grupo de avutardas recorren un rastrojo en busca de los últimos saltamontes que quedan en este otoño frío. Las hormigas de ala han salido con la llegada de unas horas de calor y la perdiz canta vigilante del cielo. El buitre negro se limpia las plumas y se calienta al sol, mientras un rebaño carea la tierra a lo lejos. La mañana es templada pero las nubes que llegan traen presagios de agua, las alondras se levantan y cantan asustadas a mi paso. En el arroyo los chopos comienzan a amarillear con la llegada de las primeras heladas, es la forma que tienen los árboles de defenderse del frío, sin hojas, reducen al mínimo la circulación de la savia.

A mediados de octubre crece el quitameriendas en los prados verdes y húmedos, su presencia anuncia que ya no es época de meriendas en el prado. Es entonces cuando los grandes bandos de grullas sobrevuelan Camarma en su camino hacia tierras extremeñas. Van hablándose una a otras para que ninguna se pierda entre las nubes.

Grupos de ortegas vuelan sobre Valmediano y se posan en las tierras de labor que miran al Torote, mientras por Gallocanta recorren los campos bandadas de chorlitos.

Los sisones se colocan cuerpo a tierra tratando de evitar al viento frío que barre las siembras de cereal, tan sólo una cabeza vigila los alrededores. Un águila real joven inspecciona el terreno en busca de alimento y se lanza sobre un bando de palomas que picotean juntas en el barbecho. Un zorzal se come las aceitunas que dejó el dueño del olivar y un gato busca en la orilla del arroyo algún pájaro despistado que llevarse a la boca.

Aun pueden verse algunas mariposas, algunas abejas y algunos saltamontes, son los últimos supervivientes de un ciclo que se acaba.

Ésta es la estación de los supervivientes, durante ella podremos ver a alguna paloma torcaz que retrasa su partida, algunas flores que aprovechan como pueden las pocas horas de sol de estos días y algún avión ya viejo, que decidió quedarse en Camarma para morir en la tierra donde nació.

Muchos insectos dejaron sus huevos colgados de los árboles, entre las hojas o en las agallas, para que en primavera se vuelva a repetir el milagro.

Los cernícalos atacan a los grandes bandos de tordos  (estorninos), que poco a poco, van aumentando más y más sus efectivos.

Las aves pequeñas, petirrojos, jilgueros, pinzones, mosquiteros, buscan pequeños bocados entre las plantas secas.

Al final de otoño, con el frío, llegan las avefrías a extraer lombrices del suelo y a llenar el cielo de alas redondas.

Las pajaritas (lavanderas), que llegaron hace unos días, recorren los campos y las calles del pueblo balanceando su cola y cantando repetidas canciones.

Cuando cae el día por la ladera de la tarde y el sol asoma sus luces rojas la liebre despierta y va en busca de su comida, los brotes tiernos que el viento dobló caen presa de sus dientes, luego abre sus ojos y busca una hembra con la que escribir otra página en los surcos del rastrojo.



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