Primavera en Camarma


Llega la primavera pintando los campos de amapolas y templando la vida de los que menos pueden, son días de abundancia, las bodegas se abren, todos visten sus mejores galas y brindan por sus hijos ebrios de felicidad.

En la torre de la iglesia la cigüeña saluda a su compañera que regresa al nido después de alimentarse en los campos de los alrededores o en los basureros de Alcalá. Su crocoteo se deja oír por las calles del pueblo, es la manera que tienen las cigüeñas de mostrar su excitación. Los gorriones han llenado con pajas todos los agujeros de paredes y tejados, ocupando incluso algunos de los nidos de avión que adornan los aleros de las casas del pueblo.

Los primeros días de sol despiertan a la culebra de escalera tras su letargo invernal, es uno de esos animales injustamente odiados y perseguidos, que nos libran de una gran cantidad de roedores.

De vez en cuando se dejan ver por nuestro término unas aves de hábitos curiosos, se trata del críalo, un ave parecida a la urraca pero de color marrón, el cual, tiene por costumbre poner sus huevos en los nidos de las urracas para que éstas críen a sus pollos junto a los propios. Es por eso que las urracas suelen perseguir con saña a cualquier críalo que se cruce en su camino. Más adelante también nos visitará el cuco, el cual, no se conforma con poner su huevo en nido ajeno sino que es el primero que nace y no tarda en arrojar fuera del nido a los demás huevos que hubiera.

Paseando entre los olivos es normal ver volar al mochuelo que silencioso se aleja unos metros de donde estaba para posarse en alguno de sus posaderos favoritos, allí, se quedará haciendo la estatua y vigilando cualquier movimiento sospechoso.

En algún lugar de la estepa cerealista de Camarma un grupo de avutardas repiten desde hace miles de años la misma escena, los machos compiten y se exhiben en medio del trigo verde, a poca distancia, las hembras les miran de reojo mientras comen. Su cortejo nupcial resulta espectacular los movimientos que ejecuta el macho se asemejan a los de un caballo andaluz, y en cierto modo también, a los de un bailador de flamenco. Hinchan el cuello, bajan la cabeza y efectúan cortas carreras con las alas retorcidas formando una bola de algodón que se conoce como la rueda. Son unas aves muy tímidas, por eso, conviene observarlas de lejos con unos buenos prismáticos. A veces, parece como si otras aves se les quedaran mirando sorprendidas ante el espectáculo.

A mediados de primavera suele haber un par de semanas lluviosas, tras ellas, se nos presenta el mejor momento para salir al campo a observar como la vida aprovecha su oportunidad de crecer y reproducirse.

En pocos días, el campo se llena de flores y de insectos. Es entonces cuando las aves disponen de la suficiente cantidad de alimento con la que sacar adelante a sus polluelos. Semillas que llevaban años enterradas, brotarán ahora si las lluvias son suficientemente abundantes.

Por las laderas de los cerros que rodean Camarma podemos encontrarnos con tres de nuestras joyas botánicas, tres especies de orquídeas que comparten los suelos ácidos en los que antiguamente abundaba la encina. Les resulta fácil pasar desapercibidas, excepto para sus colaboradoras las abejas cuya ayuda les es imprescindible en la tarea reproductora.

No muy lejos el aire se empapa de cantueso, esa cada vez más escasa planta aromática a la que por aquí también se la denomina cantiueso. No le sucede lo mismo al tomillo, el cual parece tener asegurado su futuro.

Las hormigas se afanan en estimular con sus antenas al pulgón que ha colonizado un cardo, éste segrega una sustancia azucarada muy apreciada por las hormigas. Una mariquita trepa por el cardo con la intención de darse una comilona de pulgón, pero las hormigas la atacan y la hacen desistir de su intención. El cardo, mientras tanto, se deja balancear por el viento que a rachas se hace notar desprendiendo sus semillas envueltas en pelusa, las cuales, caen junto a las del diente de león colonizando nuevos lugares. Una vez posadas en el suelo se dejarán cubrir de tierra, a menos, que alguna hormiga decida engordar con ellas su despensa.

Una curruca zarcera alarmada por mi proximidad a su nido comienza a chirriar tratando de hacer que me aleje. No duda en poner en peligro su vida para defender a sus polluelos.

Los abejarrucos hace tiempo que cantan sobre mi cabeza, planean con habilidad, cazando abejas y avispas con las que van ganando fuerza después de su largo viaje desde el África ecuatorial.

Mientras tanto los olivos han florecido sin que nadie se enterase, excepto la mariposa podalirio que gusta de alimentarse de su néctar. Es fácil descubrir sobre las flores o entre las hierbas a alguna pareja de insectos apareándose, los más frecuentes son: mariposas, chinches y escarabajos de colores metálicos. Colgados como trapecistas ejecutan lo que nadie les enseñó.

El alfilerillo del pastor está preparado para dejarse caer y clavarse en el suelo. Es de esas plantas que muestran a las claras su técnica de supervivencia.

Por el cielo vuela un milano real, inconfundible por su cola orquillada, busca algo de carroña con la que saciar su hambre. Otro ave de apellido real observa desde lo alto de una retama a los insectos y roedores que se mueven por las proximidades, es el alcaudón real, su disfraz de pájaro suele despistar a algún joven gurriato que no tarda en caer entre sus garras.

Todos los años en estas fechas llegan las nieves de primavera, los chopos florecen y sus semillas cubiertas de pelusa se lanzan al viento. Hay lugares donde el suelo se cubre de una capa de un palmo de espesor borrando caminos y zonas extensas.

No muy lejos de allí, varios pollos de mochuelo sisean desde un agujero en el tronco de un chopo. En otro agujero cercano se encuentra el nido de un pito real. Esos agujeros no causan a penas daño al árbol, para el cual, el tronco es sólo su esqueleto, la savia le llega a través de una fina capa situada bajo la corteza. El inexorable tiempo va descontando sus días a los árboles, aunque a veces, alguna enfermedad se adelanta y se les lleva la vida, dejando sus esqueletos desnudos a merced de la lluvia y del viento.

A salido a calentarse el lagarto ocelado, inmóvil y sonriente persigue con su mirada cualquier movimiento que le indique donde hay un insecto al que degustar. Mientras, la mariposa zíngena liba en la flor tranquilamente, sus colores se encargan de advertir del riesgo que corren los que intenten cazarla.

Las palomas torcaces que llegaron del sur han construido su nido en los álamos que hay junto al arroyo. Es tiempo de relativa tranquilidad, ahora sólo deben cuidarse de algún halcón peregrino, a mediados de agosto tendrán que esquivar disparos cuando se acerquen a refrescarse a sus abrevaderos.

El ratonero hace tiempo que planea con sus alas redondas sobre las higueras verdes y solitarias que dominan un pequeño alto en la ladera.

A unos pasos se ha posado en el suelo una mariposa pavo real, en cuyas alas se dibujan unos llamativos ocelos con los que intenta confundir a sus enemigos.

Las larvas de las libélulas ya treparon por los tallos de las espadañas y ahora vuelan haciendo malabarismos imposibles.

Sobre lo alto de la ladera, entre las piedras de algún lugar poco frecuentado, pasarán la primavera y el verano una pareja de alcaravanes, son de esos que prefieren caminar rastrojos a volar entre las nubes y la soledad de las piedras al bullicio de los árboles.

Un grupo considerable de golondrinas y aviones persiguen a un rebaño de ovejas que carean lentamente el rastrojo, el tiempo les ha enseñado a aprovecharse de los insectos que vuelan al paso de las ovejas y de los que se acercan a chuparlas la sangre.

Estamos ya a finales de mayo y los pequeños ánades azulones que acaban de nacer nadan confiados junto a su madre, la cual, vigila incansable. No muy lejos, las pollas de agua se aventuran en las horas más frescas por las cercanías del arroyo. Las parejas de perdices pronto se convertirán en familia numerosa, los huevos que pusieron en mayo están a punto de eclosionar, de ocho a quince perdigones se unirán a sus padres para recorrer los campos buscando alimento y bebida en los duros días del verano que se acerca.

En El Montecillo, el pequeño monte que tiene Camarma, los chaparros han comenzado a dar la flor y algunas orugas deambulan entre sus ramas.

Es curioso ver como el viento ha modelado a las pequeñas coscojas dándoles forma almohadillada. A veces, algún pequeño corzo ha llegado hasta El Montecillo como queriendo reivindicar antiguas posesiones.

Las palomas de la torre se acercan a beber al manantial que por estas fechas se va quedando escaso de agua. Las mariposas también se acercan y se posan en el barro de sus orillas.

A fuerza de asomarse entre las hierbas se encuentra uno con animales que nunca ha visto, como sucedió un día que encontré un insecto con alas de tamaño algo mayor que una avispa y que se escondía detrás de un tallo de hierba, si yo me movía, él se movía de manera que quedaba siempre tras el tallo de hierba, no estaba dispuesto a dejarme tomar una fotografía de su perfil. Tuve que quitarme la gorra y acercársela amenazante de manera que se protegiera de ella y se olvidase de mí, así lo hice, y pude al fin fotografiarle de perfil. Luego consulté en una guía de insectos y resultó ser un Libelloides Longicornis, un pariente de las hormigas que caza moscas y otros pequeños insectos al vuelo, desde entonces yo le llamo el halcón de las moscas.

El campo va tomando, poco a poco, color amarillento, los días se han ido alargando cada vez más y las ramas de los árboles se han ido llenando de pájaros que no cesan de pedir alimento. Son señales claras de que se acerca el verano, la estación de las fiestas y las despedidas.


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